jueves, 31 de octubre de 2019

Chile: No es por 30 pesos, es por 30 años.



A propósito de la actual coyuntura que se está viviendo actualmente.


Viajé a Chile por primera vez en 1992, hace casi esos treinta años de los que habla la consigna que se ha hecho popular estos días. Desde entonces he mantenido fuertes lazos con ese país, al que profeso una estima muy especial. Después de aquella primera estancia vinieron otras y, en paralelo, Chile se convirtió en una de mis prioridades profesionales. Libros y artículos sobre su historia reciente forman parte de mi curriculum, y el momento más honorable de mi vida académica fue la participación en calidad de perito de la acusación -con el abogado Joan Garcés- ante el juez Baltasar Garzón en la Audiencia Nacional, quien entonces instruía el Sumario 19/97 Terrorismo y Genocidio 'Chile-Operativo Cóndor', contra Augusto Pinochet Ugarte y otros.

Chile acababa de salir de la dictadura en 1992. Patricio Aylwin era el presidente de la República, tras la victoria de la Concertación de Partidos por la Democracia en las elecciones de diciembre de 1989, pero el general Pinochet era en esa nueva etapa comandante en jefe del Ejército y sus partidarios aún no acababan de digerir la derrota en el Plebiscito de 1988, que le había obligado a abandonar el Palacio de la Moneda. Tal y como estaba previsto en la Constitución de 1980, promulgada durante el período militar, el dictador al dejar la presidencia de la república pasaba a comandar las fuerzas armadas, como 1998 pasaría a convertirse en Senador Vitalicio. Poco después de acceder al Senado, cometió el error de viajar a Londres, donde fue detenido por orden del juez Garzón. 500 días más tarde, el dictador chileno volvió a Santiago, pero entonces era ya un cadáver político.

En aquel tiempo inicial de la década de los noventa, Chile era un país traumatizado por las violaciones masivas de los derechos humanos que se habían producido durante los diecisiete años del régimen militar y por una política económica rabiosamente neoliberal con durísimos efectos sociales. Era, o así lo percibí, un país gris, triste y, sobre todo, cruel con los más débiles y vulnerables.

Como escribí años después [Chile en la pantalla, 1970-1998, PUV], en la década de los noventa el escenario político chileno se caracterizó por una inequívoca tranquilidad, pero, también, por un incremento de los decepcionados por la democracia. Estos, a los que el historiador Alfredo Riquelme llamó " los electores de nadie" (los que votaron nulo en las elecciones), subieron hasta el 18 por ciento entre los inscritos en el censo. Esta desafección en cuanto a la participación democrática tuvo, lógicamente, diversas causas. Por un lado, la autocomplaciente actitud de los dos gobiernos de la Concertación, que hicieron alarde de sus innegables logros económicos (la reducción de los parámetros de pobreza y los elevados niveles de crecimiento), pero que eludieron cualquier atisbo de autocrítica. Por otra, el inmovilismo político del país...

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